Aníbal Ciocca

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kimur
Anibal Paz
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Aníbal Ciocca

Mensajepor kimur » Jue Abr 20, 2017 5:55 pm

Lo pasaron en un grupo y me pareció digno de reproducir acá. Capaz es un poco largo, pero me pareció que también tenía su gracia ver cómo escribían hace cincuenta años.

Revista REPORTER, 8 de marzo del 61.

Ciocca, 15 años después, no pierde el pelo

"En 1929 jugaba en el Uruguay Club un niño rubio, delgado, que según las mentas de los fanáticos del barrio Jacinto Vera - emporio de cracks - hacía maravillas con la pelota. "Mirá vos", me dijo un día un hincha famoso, "tenés que darle cuatro pelotas, porque clavado que te gasta tres".
Tenía entonces 16 años el prodigio del fútbol y ya era famoso en las peladas y en las esquinas de la barriada. En 1930, el cronista oyó hablar de este fenómeno cuando una noche Reyes Lerena y Trifón Ilich comentaban las cosas del fútbol en la redacción de "El País" viejo, en Ciudadela y Rincón. Estábamos sobre el campeonato del Mundo del 30 y el recuerdo del pibe famoso se fue esfumando con las actuaciones del team celeste y su consagración final.
Pero llega el año 1932 y vuelve el niño prodigio. Una noche alguien nos sopla:
- ¿Te acordás del pibe rubio, aquel del Jacinto Vera? Está practicando en el Parque y los ha vuelto locos a todos.
Fuimos una tarde al Parque Central. Nos instalamos en el palco grande y presenciamos una escena inolvidable. Salieron los jugadores para el entrenamiento. Entre los consagrados apareció Aníbal Ciocca. La multitud aplaudió a rabiar conforme pisó el pasto. Lo vimos entonces por primera vez. Era un niño rubio, flaquito, con la cabeza agachada, coloradote de cara, caminando ligero con pasitos cortos derecho al medio de la cancha. La gente había ido para ver al prodigio.
Nosotros jamás habíamos presenciado cosa igual. Llevaba la pelota junto a los pies en sus carreras vertiginosas. La pisaba y quedaba quieto mientras los defensas seguían de largo. Y cuando los contrarios se levantaban del revolcón ya estaba lejos Aníbal Ciocca, en una carrera zigzagueante derecho a la valla. Era el lujo y el arte. Era la ciencia misma pero sublimada por mil artimañas del campito y del genio del fútbol.
Regresamos al diario e hicimos un suelto corto sobre lo que habíamos visto.
Después llegó la historia. Han pasado ya treinta y un años y estamos ahora frente a Aníbal Ciocca, con sus 48 clavados, una esposa amante y dos hijas, una de 18 años y otra de 12. Allí también está la señora de Faccio, hermana de Porta. Y Ricardo Faccio, el viejo León del gran Nacional, su esposo. Somos pocos para recordar días de gloria. Pero la rueda apretada de emoción deja pasar las horas y en las horas se desliza toda una vida.

Ciocca ha cambiado poco. El pelo rubio se le está volviendo ceniza. Pero apenas un blanqueo suave que le da aún la estampa de "Príncipe", apodo de las muchedumbres. Es el mismo "Príncipe" de sus días de gloria y es también "El Pista" del barrio Jacinto Vera o el "Pistola" de sus viejos camaradas. El mismo gesto hosco, ahora más amplio y más retozón. Ciocca, que antes era casi mudo, ahora habla y hasta nos interrumpe para señalar un hecho, para acotar algo, para narrar la anécdota.

- Mirá vos. Yo creo que el fútbol es intuitivo. Ponele si querés el molde y la enseñanza de ahora, pero el fútbol te sale de adentro, che. El que juega bien al fútbol tiene que jugarlo, queriéndolo, gustándolo. Para mí, el fútbol era un recreo, era un juego, era una diversión. Me pagaban, sí, pero te juro que eso era para mí lo de menos. Hay que llevarlo adentro; hay que quererlo... El fútbol de ahora es otra cosa. Creo yo que se juega menos. No sé. Yo sentía el fútbol muy adentro...

- Aquellas gambetas alocadas ¿te acordás?
- Sí, alocadas. Pero mira una cosa. Te lo digo después de treinta años. Yo hacía todo eso buscando el gol. Trabajaba para mí, pero especialmente para los compañeros. No creas que no sabía para dónde iba. Cuando picaba ya tenía en la cabeza la jugada final. Dos, tres, cuatro gambetas, el amague, la sentada en seco, una vuelta y cuando los contrarios se habían desparramado, ponía la pelota donde había que ponerla. Yo había visto la jugada. No creas que a la vuelta de los años me bato el parche. Te digo la verdad, yo, que no fui un fenómeno.

Lo dice él. Decimos nosotros que fue un fenómeno y lo mejor que vimos en el puesto. La intuición y la magia estaban dominadas por este brujo de la pelota que ahora está frente a nosotros.
- ¿Recordás algo bueno?
- Recuerdo mucho. Pero especialmente dos puntos luminosos en la historia ya lejana. Cuando conquistamos el Campeonato de Santa Beatriz en Lima y cuando con nueve hombres Nacional le empató a la gallina con once.

- ¿Santa Beatriz?
- Eso. Jugábamos Taboada, yo, el Manco, Enrique y Braulio. No nos mirábamos. Nos sentíamos, che. Llevábamos la pelota atada y ella pasaba mansita entre nuestros pies sorteando a la defensa argentina. Era un ajedrez. Era un arte. Era el fútbol.

- ¿Y aquello de los nueve?
- Pudimos ganar. Jugábamos tres delanteros: Arispe, yo y Enrique. Nada más. La jugábamos larga, despacito, al puesto. Tuya y mía. Demorando. Con el metro. Vos lo viste. Fue lo mejor de todo.

La gloria del descubrimiento pertenece a Cabrerita, aquel gran zaguero petiso que tuvo Nacional. Ricardo Faccio, su viejo amigo, que fue del Uruguayo, principio del Uruguay Club de Ciocca, lo ayudó mucho. Porta fue otro de los profetas. Roque Santucci también anduvo en el juego de magia en este gran descubrimiento que ahora estará para siempre en la historia.

- Fue fácil todo, Príncipe.
- Fácil, sí. Con amigos siempre todo es fácil. Es fácil también cuando llegan las malas. Hablá nomás y decilo sin miedo. Yo estuve enfermo y ahora me ves. Soy feliz con los míos, con mis viejos y queridos amigos, con los compañeros del Banco Hipotecario. Decí que estoy agradecido a todos los que me hicieron tanto bien cuando llegaron las malas. Nombrá a los doctores Da Costa, Etchepare y Estrella. Nombrá al doctor Cioli, de Nacional, que tanto hizo por mí. Agrega a la lista a Ricardo Faccio, a su señora, a Porta, a toda su familia. No te olvidés de Ulises de Negri, compañero grande, entre los mejores. Ponelos en tinta de imprenta y cumpliré con mi deber. A todos les estoy sumamente agradecido.

Nosotros no habíamos tocado el tema. La enfermedad de Ciocca duró muy poco tiempo y sorprendió a todos. Cuando un ídolo cae herido la multitud se estremece. Cuando el que se halla en la mala fue un hombre de bien, un deportista de primera línea, un señor, una estrella querida hasta por todos los rivales, ese hombre siempre está presente en el fútbol.
Le decimos a Ciocca que nunca hubo un hombre al que tanto recordara la multitud. Se muestra emocionado y no dice nada. Baja la cabeza como antes, fuma afanosamente su eterno cigarrillo, y ese mechón ceniza que antes fue rubio, vuelve a caerle sobre la frente.
- Todo esto - agregamos - lo has ganado no sólo por haber jugado magníficamente al fútbol, sino por haber sido un hombre, viejo. Por eso. Vale tanto ese que sigue hasta la eternidad.

Aníbal Ciocca tiene ahora 48 años. Empezó a los 16. Se retiró del fútbol el 24 de mayo de 1947 en la plenitud de su fama. Aún lo vemos, sólo en el estadio, corriendo con la mano en alto, mientras las tribunas estallaban en aplausos como nunca. Aquello fue más que la apoteosis, fue la fiesta emocionante de la despedida a un ídolo que sigue siéndolo a través del tiempo.
Feliz, después de tantas alegrías y de un golpe de dolor que pasó, gracias a Dios rápidamente, Ciocca continúa siendo el muchacho cordial, simpático. Empleado del Banco Hipotecario, enamorado del fútbol, genio del fútbol en sus comentarios, en su manera de ver las cosas. Pero antes que todo jefe de un hogar donde la felicidad se ha entronizado para siempre.

- Mirá, yo no sé. El fútbol hay que sentirlo allá adentro. Hay que gustarlo. Hay que jugar queriéndolo. Acariciando la pelota, queriéndola también. El fútbol, viejo, es una pasión que llevás en el corazón y que te sale por los pies. Te pagan, es cierto. Te aplauden. Pero ante todo, está el cariño por el fútbol. Tenés que divertirte jugando. Tenés que tener alegría jugando al fútbol. ¿entendés?

Lo entendemos, sí. Tanto lo entendemos que en pocas palabras Aníbal Ciocca ha dicho porque se puede jugar al fútbol como nadie.
Salimos con él hacia la noche abierta. El mechón grisáceo, apenas. Después, es el Cioquita de hace treinta y un años. La misma estampa del "Pista"; la misma silueta del "Príncipe", el hombre que para siempre se metió en la multitud."

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El Príncipe Aníbal Ciocca, para los que no están muy enterados, es uno de esos tantos tipos que merecerían una tribuna con su nombre en el GPC. 8 veces campeón uruguayo, 2 veces campeón de América con Uruguay, aún hoy está en el top 5 de goleadores de nuestra historia, en el tercer lugar absoluto en la tabla que hay acá, y en el cuarto lugar por campeonato uruguayo.

Tiene el raro honor de haber participado tanto del Quinquenio de Oro (la línea mítica de forwards eran Mandrake Castro-Ciocca-Atilio-Roberto Porta y Zapirain, aunque a lo largo de los años hubo variaciones obviamente) como del 9 contra 11 de 1934. También es uno de los no tantos tipos que fueron goleadores del Uruguayo con Nacional campeón, en 1934 (fue el primer jugador de Nacional goleador del Uruguayo de la Era Profesional).
Recuerdo haber leído creo que en un articulito de Decano que después desapareció y nunca logré reencontrar, que en un momento que Nacional pasaba una crisis económica grave y no tenía cómo pagar los sueldos, varios jugadores de motu propio aceptaron cobrar menos, y el Príncipe Ciocca firmó un contrato en blanco, para no ponerle exigencia alguna al club en ese momento complicado.
Más de quince años jugando en Nacional, ídolo, goleador, campeón de todo.
Para que empecemos a cuidar un poquito la palabra "ídolo", que a veces se nos escapa un poco rápido y para celebrar gente que de repente no se lo ganó.
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